Del Blogg Reflexiones Peruanas N° 419, tomamos el comentario que hizo el abogado y activista en contra de la discriminaciòn, Wlifredo Ardito sobre el libro "Racismo, discriminaciòn y exclusiòn en el Cusco" de Karina Pacheco
CRUELDAD A LA CUSQUEÑA
Wilfredo Ardito Vega
Una pareja de amigos vinculados a la lucha contra el racismo vive desde hace unos años en el Cusco. Hace poco, se quedaron estupefactos, cuando su hijo regresó del nido diciendo:
-¡No voy a jugar más con Ronald porque es un cholo!
En el nido, los niños más blancos habían comenzado a hostilizar a los de rasgos andinos.
Testimonios como éste nos muestran que, si existe algún lugar del Perú donde debería lanzarse un programa piloto contra el racismo, es el Cusco.
Precisamente, el libro Racismo, discriminación y exclusión en el Cusco, de la antropóloga cusqueña Karina Pacheco muestra cómo una sociedad marcada por el racismo y otras formas de discriminación hasta llegar a terribles niveles de crueldad.
Mientras en algunos barrios de Lima, el sueldo promedio de las trabajadoras del hogar ya está bordeando los 1,000 soles, muchas familias cusqueñas de clase media y alta tienen a uno o dos chicuchas, niños campesinos que reciben un mísero salario (o ninguno en lo absoluto) como terrible rezago del feudalismo. Sus explotadores, claro, creen que están haciendo una “obra de caridad”, pues les dan techo, alimento y suelen mandarlos al colegio. En compensación, los chicuchas trabajan desde el amanecer hasta la noche, sin que hasta el momento sepamos que la Municipalidad del Cusco, la Defensoría del Pueblo o el Ministerio Público estén promoviendo erradicar esta práctica tan infame.
Tampoco se enfrenta el racismo en los colegios, donde muchos niños provenientes de las zonas rurales deciden no hablar una palabra en quechua para no ser humillados. También son discriminados quienes tienen apellidos andinos o aquellos cuyos padres realizan algún trabajo manual.
La posición económica, el color, el barrio son usados también para establecer relaciones jerárquicas generalizadas. Para ser respetados, adolescentes y jóvenes presionan a sus padres. “No te importo”, les dicen si no les pueden comprar el polo o la casaca de moda. Otros buscan algo más radical: cambiar de apellido u operarse para ampliar su frente.
La autora llama la atención sobre la extendida discriminación en los hospitales, siendo penoso que médicos y enfermeras descarguen sus frustraciones sobre los campesinos enfermos o sus familiares. En las universidades, en cambio, poseer un título académico suele ser usado para menospreciar. “Me dijeron que no soy nada porque no tener preparación”, dice un testimonio. Aún dentro de una familia es posible que se maltrate a quien no tuvo determinados estudios.
A lo largo del libro, se muestra el frecuente un cambio de roles en la discriminación: la secretaria de una Universidad, menospreciada por los profesores, discrimina a su vez al personal de limpieza. El cobrador de combi maltrata a una campesina, pero es maltratado por un pasajero de clase media.
Resulta interesante apreciar cómo el turismo coexiste con el racismo: a los extranjeros que realizan el Camino Inca, no les parece incomodar mucho tener a varios portadores cargando sus bultos por varios días, lo que en sus países de origen sería impensable. Muchos turistas acuden entusiasmados a locales donde los cusqueños no son bienvenidos. INDECOPI y la Municipalidad son incapaces de regular algo tan simple como que los letreros sean en castellano. Decenas de establecimientos proporcionan información solamente en inglés o en hebreo, como forma de excluir a cualquier peruano.
A la vez, Karina Pacheco aborda el centralismo limeño como forma de discriminación ya naturalizada: los héroes conocidos de la Guerra del Pacífico son todos costeños y batallas como Concepción, ganadas por los indígenas, son prácticamente desconocidas. En ningún billete peruano aparece una persona de la sierra. Sólo personas mayores pueden recordar que antes estaban presentes Atahualpa y Túpac Amaru. Aún en eventos académicos, cuando un estudiante cusqueño habla, muchos limeños manifiestan su indiferencia retirándose del salón.
Pese a que el racismo es en realidad un patrón para relacionarse de los cusqueños, más del 70% de los entrevistados sostenía “no ser racista en lo absoluto”. En realidad, es evidente que la situación puede ser demasiado dolorosa como para ser recordada y enfrentada.
El Cusco entonces se muestra como una tierra donde inclusive los niños saben que pueden humillar al más débil. Mis amigos le hablaron a su hijo para que reflexionara sobre su conducta. Estoy seguro que su acompañamiento y su ejemplo lograrán evitar que resista las presiones de su entorno., pero para que el racismo desaparezca como fenómeno social se requieren políticas públicas, que todavía no existen: ni siquiera la Municipalidad del Cusco tiene una Ordenanza contra la discriminación, como las de Urubamba o Canchis. Tampoco existe actualmente un movimiento social contra el racismo. Muchas víctimas se resignan y otras intentan mas bien entre los discriminadores. Esperemos que la difusión del libro de Karina Pacheco interpele a las instituciones y la sociedad civil del Cusco, para que promuevan que el racismo y las demás formas de discriminación sean efectivamente enfrentados.
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domingo, 12 de agosto de 2012
lunes, 4 de mayo de 2009
EL CUSCO Y EL QUIJOTE
Como es conocida, la relación del Perú con el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, se inicia casi en forma inmediata a la salida de la imprenta de Juan de la Cuesta de la edición príncipe. Es así como en junio de 1606, llegan a Lima, los primeros 72 ejemplares y ese mismo año Juan de Sarria envía 9 de ellos al Cusco para ser vendidos a 4 patacones. En el mismo lote se envió un ejemplar de “Don Florisel de Niquea” de Feliciano de Silva, quien es mencionado en el escrutinio de libros que se realiza en la primera parte del Quijote y quien es padre de Diego de Silva, uno de los primeros conquistadores del Cusco.Algunos de esos primeros ejemplares, los podemos apreciar en bibliotecas particulares y la de conventos ciusqueños.
José Gabriel Cosio fue uno de los mas fervientes cervantistas cusqueños, de el se decía que tenía por costumbre leer por lo menos una vez al año las páginas de el Quijote, escribió un pequeño texto titulado “Cervantes y el Quijotismo”. El y otros autores cusqueños utilizaron seudónimos de prosapia quijotesca, como Maese Reparos o Max Cervantino.
Luis Angel Aragón, publico dos poemarios con el mismo tema, “Canto a Cervantes y su alma ajena” e “Invocación a Don Quijote”, que de acuerdo a Angel Avendaño, son epigonales a la obra de Rubén Darío y Luis Nieto.
El poeta Washington Delgado publicó un ensayo titulado “Cervantes y el Quijote” y otro cusqueño Demetrio Túpac Yupanqui, en el 2005 publicó la primera traducción al quechua, bajo el título de “Yachay sapa wiraqucha dun Quixote manchamantan”, el cual cuenta con hermosas ilustraciones de los pintores populares de Sarhua.
También debemos indicar que en 1958 , en el Primer Festival del Libro Sur Peruano bajo la dirección de Luis Nieto, se publicó la segunda edición de la obra del arequipeño Juan Manuel Polar titulada “ Don Quijote en Yanquilandia”.
Por otra parte, el Dr. Bernardo Alborhn Alvarado, de una lejana prosapia urubambina, nos muestra la actualidad del manchego en el libro titulado “El Quijote para empresarios”, donde aplicando las diversas teorías de la administración moderna presenta a un Quijote dando consejos a los responsables del manejo de las empresas. En sus páginas podemos encontrar relaciones con la inteligencia emocional, la gestión administración, la gestión del talento humano, el marketing y la dirección empresarial entre otras. Es la muestra de una obra imaginativa aplicada a la realidad empresarial.
Entre 1779 y 1784 fue obispo del Cusco, el arequipeño don Juan Manuel Moscoso y Peralta, quien en un primer momento apoyo la rebelión de 1780, sin embargo luego mostró su disconformidad y combatió a Túpac Amaru, por lo que fue enviado a España para explicar su conducta, donde asumió el arzobispado de Granada y es en esta posición cuando, en 1795, manda edificar un palacio en la localidad de Víznar. Nada tendría de extraordinario, si es que no estuviese ornamentada con 12 pinturas murales con escenas del Quijote a escala natural, lo cual nos muestra la gran afición que el arzobispo tenía por este libro y que ya se podía notar en su estadía en el Cusco. Este palacio ha sido declarado Monumento Histórico-artístico por España y hoy es conocido como el “Palacio del Cusco”.
Como podemos apreciar, la relación del Cusco con la obra cervantina es larga y prolongada, solo esperemos que la ilustre pareja siga cabalgando por nuestros pueblos “desfaciendo entuertos” y propagando el buen decir.
DOMINGO EN EL CUSCO
Fue domingo en las claras orejas de mi burro,
de mi burro peruano en el Perú ( Perdonen la tristeza)
César Vallejo
Hace unas semanas Erick La Torre, en su blogg “Crio de la Niebla”, escribió sobre la nostalgia que le invadía en las tardes de un domingo cualquiera, cuando el cielo se nublaba, se ponía gris y no había lluvia. Dice que en esas tardes su “alma se vestía de luto y una pena amarga le invadía el ser”. Al parecer este sentimiento es común a los cusqueños, cuando una tarde cualquiera, sin una labor específica por realizar, se encuentran bajo un cielo oscurecido, pero que no se decide a derramar sus gotas.
Será por que nuestro espíritu está preparado para el sol o la luvia y no para situaciones climáticas intermedias? Cuando hay sol nos sentimos alegres, dicharacheros, las ajahuasis están llenas de gente bulliciosa, pero cuando el día está oscurecido por las nubes, nos volvemos mas taciturnos, la gente en la penumbra bebe chicha y habla a susurros. Será que extrañamos la lluvia necesaria para el riego de las sementeras?. Cuando las gotas de lluvia mojan la tierra, la gente camina presurosa, se entretiene mirando el cielo e intentando pronosticar en cuanto tiempo escampará.
Las familias en las mañanas domingueras, dividen su tiempo entre asistir a la misa madrugadora de la catedral, donde pueden escuchar a las “ch’ayñas”, luego de lo cual pueden decidir en pasar a tomar un apetitoso desayuno en “El Ayllu” o ir a saborear un lechón o un caldo de cabeza al mercado. Otros acudirán al cementerio a visitar a sus muertos o irán al mercado a acopiar los alimentos para la semana; luego de lo cual pasaran a presenciar el izamiento de las banderas en la plaza de armas.
Por las mañanas también se ve pasar a algún carguyoc seguido de una banda de k’aperos, a celebrar alguna festividad patronal, donde se puede tomar, por cortesía del carguyoc, un ponche de habas o de guindas.
Luego proceden al almuerzo familiar y por la tarde pueden continuar con una reunión con parientes y amigos, asisten a una picantería o simplemente se dedican al descanso. Son muy pocos quienes se dedican a recorrer las ruinas cercanas o simplemente a caminar por las calles.
Los jóvenes, actualmente no tienen mayores oportunidades de diversión. No hay cines ni otros espectáculos con excepción de alguna tarde deportiva. El centro histórico, un domingo por la tarde, es solo recorrido por turistas, los cusqueños brillan por su ausencia. Los paseos a lugares cercanos, si bien son más fáciles por los medios de transporte que hay, no son frecuentes por la capacidad económica del cusqueño común y corriente.
Si las mañanas domingueras son alegradas por el sol y alguna banda de k’aperos, las tardes se vuelven monótonas, donde la quietud se hace penetrante, las horas se alargan y la nostalgia invade el espíritu, recordándonos a un cantor español que entonaba, “estas tardes grises del otoño, me ponen triste..”
domingo, 16 de noviembre de 2008
LAS T´ANT´A WAWAS
En la festividad de Todos los Santos, junto con el lechón y los tamales, se consume, entre los niños, los caballos y las wawas de pan (t'ant´a wawas). Es costumbre que los padrinos obsequien las wawas a sus ahijadas y los caballos a los ahijados. En el caso que no fuera así, son los padres los encargados de comprar estos productos en las diferentes panaderías, hornos o en el mercado.
Desde la segunda quincena de octubre, se puede encontrar las wawas en el mercado, donde, por disposición municipal, las vendedoras ocupan un lugar especial. Junto a las wawas podemos encontrar los maicillos, las condesas y los suspiros, que son también productos que se venden en la fecha
Las wawas se preparan con la masa para panes, la adornan con la masa en relieve con líneas curvas, le agregan confites y le ponen la yema de huevo, con el fin de que tenga una apariencia lustrosa. Sin embargo el elemento principal es un pequeño rostro de pasta donde se ve la cara sonrosada de una niña que tiene una corona de flores. En el caso de los caballos, el proceso de fabricación es el mismo y se pone el rostro de un caballo y se le agrega el rostro del jinete, en muchos casos pueden ser hasta dos lo jinetes.
Estos presentes son entregados a los niños en la mañana del día 1 de noviembre y por supuesto que generan una gran alegría en ellos. Los adolescentes e incluso los mayores no se sustraían de esta festividad y hasta fines de los 90, organizaban los famosos bautizos de la wawa, para lo cual con anticipación se preparaban nombrando a los padres, padrinos, sacerdote y monaguillo. Los padres eran los encargados de mandar elaborar la wawa, que era de una masa especial y tenía un decorado mas complejo. Las dimensiones eran mucho mas grandes, de acuerdo a la cantidad de participantes. Los padrinos se encargaban de elaborar un humorístico capillo, con el nombre de la wawa, que podía ser el de Flor de un día. El resto de participantes colaboraba con la comida y la bebida. Cuando todos se habían reunido, comenzaba la ceremonia, donde el “sacerdote”, que era una persona con mucho sentido del humor, realizaba un simulacro de bautizo, siendo secundado por el monaguillo. Una vez concluida la ceremonia, se procedía a repartir la wawa y nombrar a los, padres y padrinos de la festividad del año venidero, luego de lo cual sonaba la música y se iniciaba el baile. Actualmente ya no se dan estas celebraciones o si se dan son en círculos muy íntimos, sin embargo, las wawas se siguen produciendo, inclusive se presenta en cajas de cartón y ciertos municipios organizan ferias en las proximidades del 1 de noviembre.
Esta costumbre de las wawas, también se esta difundiendo en Lima, donde algunas municipalidades organizan un concurso y se premian a las mas vistosas.
Desde la segunda quincena de octubre, se puede encontrar las wawas en el mercado, donde, por disposición municipal, las vendedoras ocupan un lugar especial. Junto a las wawas podemos encontrar los maicillos, las condesas y los suspiros, que son también productos que se venden en la fecha
Las wawas se preparan con la masa para panes, la adornan con la masa en relieve con líneas curvas, le agregan confites y le ponen la yema de huevo, con el fin de que tenga una apariencia lustrosa. Sin embargo el elemento principal es un pequeño rostro de pasta donde se ve la cara sonrosada de una niña que tiene una corona de flores. En el caso de los caballos, el proceso de fabricación es el mismo y se pone el rostro de un caballo y se le agrega el rostro del jinete, en muchos casos pueden ser hasta dos lo jinetes.
Estos presentes son entregados a los niños en la mañana del día 1 de noviembre y por supuesto que generan una gran alegría en ellos. Los adolescentes e incluso los mayores no se sustraían de esta festividad y hasta fines de los 90, organizaban los famosos bautizos de la wawa, para lo cual con anticipación se preparaban nombrando a los padres, padrinos, sacerdote y monaguillo. Los padres eran los encargados de mandar elaborar la wawa, que era de una masa especial y tenía un decorado mas complejo. Las dimensiones eran mucho mas grandes, de acuerdo a la cantidad de participantes. Los padrinos se encargaban de elaborar un humorístico capillo, con el nombre de la wawa, que podía ser el de Flor de un día. El resto de participantes colaboraba con la comida y la bebida. Cuando todos se habían reunido, comenzaba la ceremonia, donde el “sacerdote”, que era una persona con mucho sentido del humor, realizaba un simulacro de bautizo, siendo secundado por el monaguillo. Una vez concluida la ceremonia, se procedía a repartir la wawa y nombrar a los, padres y padrinos de la festividad del año venidero, luego de lo cual sonaba la música y se iniciaba el baile. Actualmente ya no se dan estas celebraciones o si se dan son en círculos muy íntimos, sin embargo, las wawas se siguen produciendo, inclusive se presenta en cajas de cartón y ciertos municipios organizan ferias en las proximidades del 1 de noviembre.
Esta costumbre de las wawas, también se esta difundiendo en Lima, donde algunas municipalidades organizan un concurso y se premian a las mas vistosas.
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